Resulta inadmisible estudiar las biografías de los grandes personajes de nuestra historia con un criterio moralista o religioso que excluya sus inclinaciones sentimentales o ignore los arrebatos carnales en que pudieron haber caído, víctimas de una obnubilación permanente o pasajera. El amor constituye la columna vertebral de las relaciones humanas.
Porfirio Díaz
…los sentimientos que despertó en él Delfina Ortega Díaz, su sobrina carnal, la hija neutral de su hermana Manuela. ¡Claro que había tenido en sus brazos a la recién nacida con quien después engendraría varios hijos!
“En la balanza de mi corazón no tienes rival […] Éste es mi deseo y lo someto a tu juicio, rogándote que me contestes lo que te parezca con la seguridad de que si es negativamente no por eso bajarás un punto en mi estimación, y en ese caso te adoptaré judicialmente por hija para darte un nuevo carácter que te estreche más a mí, y me abstendré de casarme mientras vivas para poder concentrar en ti todo el amor de un verdadero padre.” PORFIRIO DÍAZ A SU SOBRINA CARNAL DELFINA
José Vasconcelos
¿Mujeres? Me sobraban. O las compraba o las seducía con mi verbo encendido, deslumbrándolas con mis conocimientos que les transmitía de acuerdo con sus capacidades, mientras me escuchaban como si estuvieran sepultadas en el fondo de un pozo…
¿No resultaba increíble que una mujer tan rica, al extremo de poder financiar una buena parte de mi compaña electoral, se hubiera quedado en la miseria, y que yo tuviera que poner de mis escasos ahorros para pagar el viaje de París a México? ¿No era irritante el tema? María Antonieta Rivas Mercado, la niña mimada, la poderosa y envidiada heredera, la mujer multimillonaria no tenía ni para invitarme un par de café-crème en el bar más pobre de París.
Maximiliano y Carlota
Carlota supo que estaba embarazada en mayo de 1866 y supo también, lo sabía, imposible negarlo, que el hijo no era del emperador y que éste jamás reconocería a un bastardo como su heredero ni lo presentaría como tal ante la corte austriaca.
“A Francisco José le fascinará saber que tiene un hermano sodomita, y además, que en lugar de ocuparse de los delicados problemas del Estado mexicano, prefirió perseguir muchachitos y muchachitas en Cuernavaca, perdido en el alcohol y en las pastillas de opio”. CARLOTA
Francisco Villa
“Mire, para confesarme necesita usted por lo menos ocho días y como usted ve, está todo arreglado para que la boda sea mañana. Además, necesitaría tener un corazón más grande que el mío para decirle todo lo que el Señor me ha dado licencia de hacer; pero si gusta póngale a montón que iguale, absuélvame y arreglados…” FRANCISCO VILLA AL CURA QUE LO CASARÍA CON LUZ CORRAL
En El Canutillo cabía todo tipo de gente que me había sido fiel, ahí tendrían comodidades que de otra manera difícilmente hubieran obtenido. Nos convertimos en un pequeño pueblo, con su propia forma de gobierno y de organización. Teníamos electricidad, correo, telégrafo, médico, escuela, biblioteca…
Sor Juana Inés de la Cruz
Soy María Luisa Manrique de Lara Gonzaga y Luján, XI condesa de Paredes de Nava, virreina de la Nueva España. Si me decidí a escribir estas líneas fue para dejar constancia, de cara a la historia, por lo pronto en el más hermético de los secretos, de mis relaciones con la Décima Musa, Sor Juana Inés de la Cruz, Juana de Asbaje y nacida en la joya más cara de la corona española.
El Romance 27, escrito en la época de cuaresma durante la cual se suspendían las visitas a los conventos, la definía en cuerpo y alma:
...pobre de mí,
que ha tanto que no te veo,
que tengo de tu carencia,
cuaresmados los deseos,
la voluntad traspasada,
ayuno el entendimiento,
mano sobre mano el gusto
y los ojos sin objeto.
José María Morelos
“Viví y morí perdidamente enamorado de Francisca Ortiz, la mujer que me arrebató el sueño para siempre […] hasta obligarme a cambiar el rumbo de mi vida para dirigirme hacia horizontes que, si bien me habían llamado la atención, de ninguna manera justificaban mi decisión de dedicar el resto de mis días al Señor…”.
“Embriagado de amor le escribía a Brígida: «Quita tus ojos de mí, porque me hechizan. Eres la única, eres perfecta. ¿Quién es la que calla como la aurora, hermosa como la luna, brillante como el sol, terrible como las cosas insignes?» […] ¿Cómo verla sin que el pequeño pueblo, gran infierno, no supiera tan pronto yo acariciara su rostro?”